El espacio
Por Fernando Galicia
Tal vez sea la anécdota de mi vida que más haya contado. A pesar de ello (o tal vez por lo mismo) creo que escribirla aquí, es la forma correcta de inaugurar este espacio.
Creo que tenía siete u ocho años. No más de diez. No sé que día era, ni que mes. No recuerdo que estaba haciendo minutos antes de que pasara ni que fue lo que me llevó a ese lugar. A lo mejor salí a perseguir a un gato o tal vez sólo fui a tomar mi uniforme del tendedero de la azotea. Sea lo que sea, estuve ahí: en la azotea de mi casa. Y miré al cielo. Era de noche y el cielo estuvo lo suficientemente claro para que yo pudiese ver las estrellas. Y ahí pasó.
En toda las ocasiones que lo he contado, nunca he logrado transmitir la verdadera sensación que anidó en mi. Y esta vez no será la excepción. Fue como si una manzana me cayera en la cabeza. Como salir corriendo de la tina gritando Eureka. O algo más ridículo aún. Porque yo no había entendido nada. Sólo era esta horrible sensación.
Aún ahora puedo ver a ese niño que fui, mirando el cielo. Puedo recordarlo en ese instante. Empezando a preguntarse que demonios es todo esto. Sintiendo el absurdo del universo. Pensando en los millones de estrellas, en los innumerables planeta y galaxias. No entendiendo como era posible que en ese mismo momento miles (a esa edad mil también es un número muy grande) de personas estuvieran también existiendo. Cada una con su propia visión de las cosas. O como era que habíamos llegado ahí. Pensando si todo esto tenía un motivo, pero ya intuyendo que eso era ridículo. Y de ahí a regresar a las estrellas y a pensar en el infinito. Sintiendo lo inabarcable del universo. Descansando el pensamiento en mi propia vida y sintiéndome nimio. Intuyendo que el guión de la vida moderna es ridículo frente a esa inmensidad. Empezando a comprender que nada importa mucho.
Creo que aquella vez sentí por primera vez el miedo. No sé como regresé a la tranquilidad y pude volver con mi familia a ver los simpsons y a tomar leche con un pedazo de pan con mermelada. Tal vez ya desde entonces supe que es imposible vivir con esa sensación a cuestas y que lo mejor es intentar cubrirla con placeres o sensaciones más intensas. Quiero creer que todos hemos sentido lo mismo. Algunos tal vez contemplando el océano atlántico. Otros mirándose en el espejo o escuchando algún laberinto de Bach. Y es en los intentos por calmar esa sensación, cuando los hombres hemos creado cosas maravillosas. Al menos yo durante estos años en eso he gastado los días. Tal vez sin llegar a encontrar remedios más eficaces que un pan calientito con mermelada de fresa con poca azúcar.










El hecho de que el mundo sea complejo, no implica que sea absurdo.La horrible sensación se convierte en asombro cuando consideras que de hecho sí se puede explicar.
Cuando yo hice ese ejercicio me sentí insignificante, minúscula, sin importancia. El cosmos es tan enorme que me parece (y me pareció) imposible y maravilloso que yo estuviera pensando en ese momento en él.
¡Saludos!
El asombro siempre está ahí. Y es bonito intentar explicar como funciona el universo. Pero creo que el absurdo aparece cuando te preguntas el porqué de las cosas. Y en eso creo que no hemos encontrado una sola respuesta.
Ya lo dijo Einstein: Lo enteramente incomprensible del mundo es que sea comprensible. Saludos!
Calculo que por ahí de los 8 años yo tuve una experiencia similar contemplando la inmensidad del mar, en que caí en la cuenta de los dos conceptos que más me han aterrado en la vida: el infinito y la eternidad (conceptos involucrados mutuamente). Fue mucho peor (sic?) que el pánico que se siente al mirar hacia ciertos abismos y que no nos gustan pero que están ahí; y para los cuales la única inmunidad es nuestra condición de mortales. (Twitter) @lfspinoza
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