La Motocleta
Por Rox
I.
Genaro es un niño gordo, consentido y dientón que vive en mi calle. Los demás niños no lo juntan en su bola por envidioso; por ejemplo, dice que no trae dulces cuando los bolsillos de su pantalón escupen paletas, miguelitos, chicles, chocolates y galletas. Genaro los traga con prisa, para no convidarle a nadie, escondido atrás del tronco de un árbol enorme y en cuclillas. Toma la golosina con las puntas de sus dedos y sin separarlas de su boca, muerde y come, muerde y come. ¡Genaro-Ardilla! ¡Genaro-Ardilla! Le gritan al descubrirlo.
Genaro-Ardilla usa goggles cuando anda en bicicleta. Esos lentes le jalan los cachetes y los labios. Mientras pedalea, los dientes de ardilla chocan contra el viento. Seguro que alguna vez se le estampó una mosca, ja. Su bicicleta es negra. Negra y con salpicaderas cromadas. La llanta de atrás es más grande que la delantera. Los manubrios, también de cromo, se levantan y se tuercen como los cuernos de un borrego. Genaro viaja sentadote en un asiento negro y almohadoso. Con un frutsi entre la llanta y la salpicadera. Él llama a su bici, Motocleta.
Mi bici es rosa y tiene flores blancas con centro amarillo en el cuadro. Listones de colores cuelgan de los puños y tiene una canasta al frente. Mi bici, a un lado de la imponente Motocleta de Genaro-Ardilla, parece un triciclo de bebé. Me da tanta vergüenza andar en esa bici de niña, que le pego calcomanías de Bart Simpson sobre las flores.
Sentada en la banqueta, veo cómo la Motocleta lleva a Genaro-Ardilla con dolor. Las llantas se apachurran por el peso y el manubrio baila entre chirridos. La Motocleta no merece ser montada por una Ardilla. Una Motocleta así nació para correr. Pero correr rapidísimo, como un coche o como un gato. O como un gato tras un coche. Pobre Motocleta, destinada a cargar un niño gordo que no puede darle rápido.
¿Qué me das si te la presto? Pregunta Genaro jalándose los goggles y con ellos las pestañas. Si quieres te presto la mía. Genaro voltea al piso donde está mi bici rosa. Camina a su alrededor y con una carcajada falsa, patea la canasta. Me contengo de pegarle. Quiero que me des un beso.
El trato está feo; que mis labios toquen esos dientes de ardilla me da guácara. Pero lo haría por la Motocleta. Así que le digo que el beso será al volver. Genaro me enseña los dientotes y me ofrece sus goggles. Los agarro y los tiro unos metros después. ¡Me las vas a pagar, pinche niña! escucho a Genaro lejos, lejos.
II.
¿Hace cuánto no traigo tan poco encima? me pregunto. Ja, tonta, me respondo en automático, como si las bicicletas supieran contar los años. No sé contar, pero puedo recordar perfectamente: fue antes de la remodelación. Cuando no era tan brillante y la piel de mi asiento estaba rota. Entonces me montaba un niño que vivía pasando una cuesta de tierra con pequeñas piedras. Los valles llenos de flores se asomaban con cada bajada. Era el reino de las nubes, el viento y un cielo tan azul que no he vuelto a ver. Después llegó La Ruidosa y me quedé arrumbada no se cuanto tiempo porque como ya dije, las bicicletas no sabemos contar años.
Hoy los tenis rojos aceleran mi pulso más allá de lo que estoy acostumbrada. El clac clac de la cadena me pone nerviosa. De pronto, un ladrido, un grito y las llantas que se inclinan con peligro, pero no caemos. El aliento caliente de uno de esos animales se acerca demasiado. No sé qué es peor, el timbre agudo del french poodle o el aliento a vaca muerta. Los tenis rojos lo ahuyentan con patadas y aceleran los pedales.
¡Qué susto! dice la voz aguda. Un gran susto pienso yo. Me relajo y confío: parece que los tenis rojos saben lo que hacen. ¿A dónde vamos? los retrovisores me informan que pasamos baldíos, calles sin casas y suelo cada vez más cacarizo.
Ugh, ugh se quejan los tenis rojos. Me doy cuenta de que vamos subiendo una cuesta. Me emociono al recordar los valles llenos de flores.
Falta poco para llegar a la cima, lo puedo sentir. El piloto pedalea sin sentarse en el asiento y con el cuerpo ligeramente hacia adelante. Llegamos a la cima y sólo alcanzo a ver una montaña de basura. Damos vuelta hacia y ahora, la ciudad que veía con los retrovisores está enfrente.
Escucho ¡Tres, dos uno! y salgo disparada hacia abajo. Los tenis rojos hacen girar las ruedas con gran fuerza. La velocidad se incrementa conforme avanzamos; la cadena apenas y embona en el engrane. Los rayos se desdibujan y un aura plateada llena el espacio dentro de las llantas. Recuerdo otras cuestas bajo el cielo azul. El olor a tierra mojada y los árboles que cantaban al viento. Ahora, sólo escucho cómo los coches se acercan y huele un poco a comida podrida. Sin embargo, bajar a esta velocidad me emociona, espero que pronto haya más.
La llanta de adelante choca con una gran piedra. El volante comienza a temblar. Vibra de arriba abajo y se mueve de un lado a otro. Damos repentinos giros hacia la derecha y la izquierda. Caigo y todo el lado derecho de mi cuerpo se raspa al seguir avanzando hacia abajo. Me arde sentir el piso rayando el metal. Al detenerme, tengo el manubrio torcido. Las llantas dan vueltas en el aire. Me tranquiliza un poco el sentirlas girar, parece que no están torcidas.
Los tenis rojo chillan con escándalo. Pide ayuda y la gente se acerca corriendo a gritos. El espejo de uno de los retrovisores está roto y ahí veo a una niña también rota, que es llevada en brazos hacia un gran auto escandaloso. Pronto vendrán por mí, también estoy herida. Muy pronto…
Foto por Rosario González











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