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Negra

27 June 2011 1,564 Vistas 2 comentarios

Siento el sol quemándome la espalda.  Llevo mucho tiempo ahí, tirada de panza sobre la arena de la playa.  Me gusta sentir la arena blanca desaparecer entre mis manos.  No sé si son las cosquillas o el ver mis manos blancas blancas.  Pero sólo hacen falta un par de aplausos para que vuelvan a su negro original.  Escucho un grito que me llama.  Entro corriendo al mar para limpiarme.  El agua golpea mis pantorrillas pero no me tira.  Ya soy niña grande y no le tengo miedo al mar.  Guardo aire en mis cachetes y me sumerjo hasta terminar empapada.  El grito vuelve a llamarme. ¡Negra de Piedra! El señor blanco y barbón fuma bajo el cocotero.  ¡Negra de Piedra! dice otra vez.  Me tiro a la arena para rodar y rodar.  Las piedritas de arena se pegan a mi panza, espalda, piernas y brazos.  Un poquito en la cara también. Mis manos ahora son unas garras que amenazan al blanco barbón.  Ríe.  Gruño y ríe más.  Corro dando vueltas y gruñendo a su alrededor.  El barbón se agarra el estómago de tanta risa.  Me ofrece un vaso de agua.  Pone el vaso más alto que mi cabeza, así que tengo que brincar.  Por fin lo alcanzo y doy grandes tragos que hacen que mi garganta suene glu-glú.  Está rica el agua, tan fresca como la del mar.  Bebo de un jalón y eructo al final.

Acostado en la arena, dejo que el sol me caliente la panza desparramada.  No quiero camastros, tampoco una toalla.  Sólo quiero estar ahí en el borde, como una tortuga refrescándose los huevos.  Mauricio se acerca con una Negra.  Negra, preciosa Negra Modelo en lata y bien muerta.  El primer trago me regresa a la vida.  El sabor a centavo de la lengua cae a la panza.  Clin-clin-clin ¡jackpot! Justo como anoche en el casino. Un eructo se arrastra en mi cuello y empuja los dientes al salir.  Me pongo los lentes obscuros y vuelvo a acostarme.  Cierro los ojos para escuchar mejor el sonido de las olas contra la arena, contra otras olas, contra la gente.  Esa pinche gente ruidosa que baila bajo las bocinas.  Levanto los lentes y veo a los niños correteándose a gritos.  Los siento a mi lado y están bien lejos.  Pinche cruda.  Pero tengo a Negra, Negra preciosa.  Me jalo los pelos de la panza para arrullarme. Una sombra me interrumpe.  No cabrón, no quiero subirme al pinche paracaídas.

Dos pulseras me apachurran las muñecas, estoy amarrada.  Son de fierro y están unidas por una cadena.  En los tobillos tengo otras igual. Apenas y puedo caminar; mucho menos podría correr hasta el frente de la fila.  No es la primera vez me amarran, pero sí la primera vez que hay tantas mujeres aquí.  Son negras mucho más grandes que yo.  El barbudo está al frente, hablando con otros hombres blancos.  El viento es fuerte y levanta arena seca.  Cierro los ojos. Huelo la lluvia. Un barco grande se mueve con las olas: arriba y abajo, arriba y abajo.  Veo muchísimas y enormes cajas de madera unas sobre otras.  Supongo que se van a ir en ese barcote.  El mar comienza a azotarse contra la arena con más fuerza.  Los hombres blancos se acercan con prisa a la fila de mujeres.  Les abren la boca y meten los dedos en los cachetes.  A las elegidas les ponen un collar en el cuello que después juntan con una larga cadena a las pulseras de los pies.  Me gusta el collar. Sonrío y abro la boca para que me den uno.  Pero no, el hombre blanco elige a la mujer de a un lado y ni siquiera me mira; entonces el barbón dice algo y el que da los collares me regala uno a mí.

Despierto amarrado de las muñecas a los barrotes de los costados.  La cama de metal cruje cuando me muevo.  Huele a alcohol, pomadas de la tía e inyecciones de penicilina. Recuerdo el choque contra un bote y el rebote contra el mar. ¿Por qué chingados acepté subirme a ese paracaídas? Me muevo para sentir las piernas. Nada.  Ni siquiera los dedos de los pies.  ¡Puta madre!  Me asusto y muevo los hombros con fuerza  ¡Se quita otra vez el suero! grita alguien.  Los torsos blancos se acercan para volverme a amarrar.  Me aplastan contra las sábanas verdes; son fuertes.  Un piquete en el brazo y a dormir.

Toso y la garganta me duele.  El collar, que tan bonito me pareció, me aprieta contra el piso de madera. Ya estoy hasta la madre de dormir enfermera, quíteme la cadena del cuello enfermera.  ¡Agua, agua! ruego con voz pastosa. No me importa el hambre, sé que me tengo que aguantar hasta que escuche una campana. Es entonces cuando nos sacan de esta caja de madera en la que estamos acostadas hombro con hombro, las manos sobre la cabeza y las pulseras agarradas entre sí. Mi madre llora sobre mis piernas.  No la siento aunque si la escucho.  Escucho el mar golpear la madera sobre la que estoy acostada.  En la tabla de arriba hay quejidos y huelo el sudor.  Es el momento de la limpieza, mi madre pasa un trapo húmedo sobre mis ojos.  Cierro los ojos y guardo aire en mis cachetes. Nos lanzan agua que arrastra el excremento de las demás.  El aire en mis cachetes no es suficiente y vuelvo a toser.  Me doy cuenta que sólo tengo amarradas las manos.  La madera deja de estar tan dura y alguien me acaricia la frente.  Abro los ojos.  Una pinche negra encuerada está sobre mí.  Su brazo de tamalera tapa mi nariz y mi boca. Estoy asustado, no puedo respirar.  Me duele la panza, como golpes desde adentro. La señora me desata, voltea y soba mi espalda.  Intento moverme pero me doy cuenta que tengo unos grilletes en piernas, muñecas y cuello.  No puedo respirar y comienzo a vomitar sobre la señora.  Escucho a mi madre llorar y mi cuerpo se relaja.  Se mueve flácido a ritmo del mar.  Estoy tranquila, ya no siento dolor.

 

Foto: Rox

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