Llegará el día
Por Víctor Sampayo
–¿Otra vez lentejas…? –preguntó él suspirando.
–Ay, no empieces, ya sabes que si no te gusta, deberías contratar a una cocinera –dijo ella con fría irritación.
La miró sin contestar y comenzó a comer. Era una serie de movimientos mecánicos: levantar las porciones con la cuchara, llevarlas a la boca, triturarlas chiclosamente y, por último, pasar el bolo con un sonidillo opaco.
–¿No puedes masticar como la gente normal? –inquirió la mujer enterrando la uñas en el mantel de la mesa.
Nuevamente él le dirigió la mirada, pero esta vez era una mirada tan ausente que lograba atravesarlo todo a su paso: su mujer, la pared detrás de ella, el departamento contiguo, el interminable amontonadero de edificios que erizan la ciudad, infinidad de valles y montañas, hasta que por último arribó a esa laguna donde lo habían llevado sus padres cuando era niño, y de la cual conservaba un recuerdo cada vez más impreciso, pero al mismo tiempo más resplandeciente. Se vio a sí mismo remando con dificultad mientras observaba los incontables brillos en los que se rompía el agua cada vez que hundía los remos, y de pronto tuvo la misma sensación que había tenido más de veinte años antes, y que él, de forma inexplicable, asociaba con la felicidad: un calor agradable que surgía del estómago y que se expandía por todo el cuerpo… o no, era más semejante a un hormigueo…
–Pareces tonto, carajo.
Salió de su sueño con brusquedad, con la vaga impresión de que regresaba de muy lejos.
–Te estoy hablando desde hace rato y tú nada más me miras con esa cara de cretino y la bocota abierta. A ver, dime, ¿por qué demonios tengo que estar examinando tus bocados a medio masticar? Y mejor apúrate que ya debes regresar a la oficina.
La miró con rencor, pero nuevamente se guardó la voz. Recordó la oficina, su oscuridad pastosa, las luces de un amarillo sucio que siempre se encendían después de la hora de la comida, las caras lubricadas de sudor, fastidiadas, siempre las mismas, siempre con los mismos comentarios. Se sintió desamparado, con un vacío en las entrañas semejante al que se experimenta cuando un ascensor se detiene de pronto.
“¿Cómo salir de esta maldita monotonía?”, pensó mientras veía su reflejo cepillándose los dientes. “El miércoles podría irme. Aprovecharía que ella sabe que voy al cine con los amigos del trabajo. Eso me daría por lo menos unas dos horas de ventaja. No me llevaría el auto, tomaría un autobús rumbo a la costa y me quedaría en el pueblo más anónimo con el que tropiece. Compraría una lancha y me enseñaría a pescar mi propia comida. Una casa de madera estaría bien para mí, pequeña, sin nadie a quién entregarle ninguna clase de cuentas. Eso sí sería vida”.
Tiró de la cadena del retrete y se dirigió a la oficina. Diez años de gris matrimonio y cada lunes ideaba el mismo proyecto de fuga que solía olvidar a la mañana siguiente, atrapado de nuevo por la cotidianidad.
“Algún día”, se dijo con el semblante de un huérfano mientras se arreglaba la corbata en el retrovisor del auto, igual que cada lunes después de comer.
“Algún día”, repitió en voz baja.
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@elReyMono










“El olvido esta lleno de memoria” decía Benedetti, la cotidianidad alberga al olvido para contarse en horas y no en momentos. Tal vez por eso, por olvido, solemos necesitar relojes y agendas, más que recuerdos y sueños de voluntad…
Aplausos escritos
Saludos en letras
@OrlanSilva
Por cierto, y con mucho respeto:
Te cito “mientras observaba los incontables brillos en los que se rompía el agua cada que hundía los remos”
creo que entre “el agua cada” y “que hundía los remos” se te ahogó un “vez”
Saludos nuevamente…
Gracias
Muchas gracias por la observación, Orlan.
Saludos
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