Resaca de San Valentín
Por Antonio Vasquez
Dije que iba a escribir sobre el amor hoy, ¿pero quién soy yo para hablar sobre tal tema?
¡Qué sé yo!
Mejor les cuento qué tal me fue en el Día del Amor y la Amistad.
I
He estado viajando mucho por el Distrito Federal, este oeste, norte sur. Tenía que recoger unas escrituras para poder rentar un departamento (sí, sigo homeless). Andaba en el metro, rumbo a un mercado del centro histórico donde mis paisanas oaxaqueñas me iban a entregar los papeles. Iba absorto en mis pensamientos, diciéndome que no podía pasar otra semana sin hogar propio; no me di cuenta que el vagón estaba lleno de chamacos.
Iban cantando (¡llevaban su propio equipo de sonido!), bailando reggaeton, a veces se ponían el puño sobre la nariz. Eran demasiados. De pronto vi a una de las mujeres y noté cierta belleza detrás de su blusa horrible y cabello lleno de tintes fosforescentes. Uno de los tipos que estaba bailando en medio del vagón la tomó del brazo y comenzaron a perrear. Qué demonios, pensé, ¿esto en el metro?
La vieja estaba buena, de eso no había duda, ñera pero buena. Se me quedaba mirando mientras restregaba su culo en los genitales de la lacra con una playera enorme guanga. Le guiñé el ojo, no al propósito sino más bien como un reflejo natural. Ella cogió la paleta que estaba chupando, la sacó lentamente de su boca, haciendo que el caramelo se resbalará por sus labios, por su lengua. Mi quijada se abrió. Fue ahí en donde la lacra se percató de mí.
El chavo apagó el estéreo y se me acercó. Me dijo que qué andaba haciendo mirando a su vieja. Yo le dije tranquilo hombre, que no era para tanto. Noté que el tipo no andaba nada bien, estaba desubicado con los ojos desorbitados. En eso, no sé cómo, me encontré colgando boca abajo por afuera de la ventana del metro.
—¡Dios mío! —grité mientras veía la luz del metro que venía a toda velocidad hacia mí…
II
Me recordé entrando en la preparatoria una mañana de hace seis años, nervioso. Ese día nos permitieron no llevar uniforme, también nos iban a dar las últimas dos horas libres. El salón estaba lleno de globos rojos y adolescentes en ropa de diario. Amarré mi globo en mi banca y puse los regalos debajo de ella.
Salí hacia el barandal y me puse a imaginar lo que podría suceder durante el transcurso del día. Saboreé el momento, de eso me acuerdo muy bien. Me dije que esos iban a ser los tiempos más importantes de mi vida. Que después se vivirían más cosas, de eso no tenía duda, pero estaba seguro de que no iban a ser vividos con tanta intensidad; en mi memoria esa etapa se iba a recordar con luminosidad, cada escena brillando por un exceso de luz de aquellos años. Un exceso de esperanza.
Quizá me sobrepasé, pero qué sabía yo, era un ingenuo, estaba chavo. El peluche salió sobrando, con el globo y los tulipanes amarillos bastaba.
Desde entonces no he sentido haber vivido otro San Valentín, ni regalado nada, pero recuerdo muy bien una imagen que nunca vi: mi pequeño cuerpo caminando en ese inmenso patio de concreto sin árboles, observado, quizá la gente preguntando o adivinando para quién serían esos regalo.
De hecho es posible que en este mismo instante, ese cuerpo esté cruzando el patio para entregar su cariño. Desde aquí hay que desearle mucha suerte a ese muchacho.
III
—¿Ya aprendiste tu lección? —me preguntó la lacra que me sostenía por los pies.
—¡Sí! —grité mientras aún pensaba en el 2006.
El tipo me jaló hacia el vagón. Pude sentir el viento y el metro rozando mi cabello, soplándome el miedo. Vi que en mi mano tenía un collar con la imagen de San Judas Tadeo; se lo había arrebatado en mi intento desesperado por salvarme. Se lo devolví.
Sentí un golpe en mi pómulo derecho y caí al suelo. La lacra estaba sobre mí, mirándome con frialdad:
—Pa’ la otra te vamos a acabar bien chulo.
Las puertas se abrieron y toda la bola de malándros bajaron. Yo me quedé tirado otras dos estaciones. Al fin descendí del metro y dije que mejor otro día pasaba por las escrituras.
IV
De regreso a casa de mi amigo pasé por una taberna. Pensé entrar y tomar una cerveza. Recordé cómo hace un par de años atrás estaría ahí, bebiendo y bebiendo, perdido en la oscuridad de los bares. Solo en un taburete hasta que conociese a alguien. Y así cuatro días a la semana, todas las semanas del año. Terrible evocación de un terrible periodo, y sin embargo en esa época aún había algo de esperanza, y lo más importante: la posibilidad de celebrar una gran amistad. Ahora ya no tengo nada, ni las ganas de tomar una cerveza.
Increíble pensar en cómo dar unos reglaos hace mucho tiempo podía causar que uno durmiese contento. Increíble pensar en esa otra vida vivida, en ese otro yo, en ese otro tú.
¿Qué fue lo que pasó?
Hubiese entrado en ese bar, me hubiese soltado la lacra, me hubiese aplastado el metro, hubiesen pasado muchas cosas. La permanente conciencia de la posibilidad de otros mundos que uno nunca podrá habitar. Creo que al fin se me ha antojado esa cerveza.
En la calle me topé con una vendedora que me ofreció un ramo de tulipanes amarillos. Los compré y los puse en un vaso lleno de agua. Cerré los ojos y soñé que al abrirlos me encontraría parado delante de ese barandal de antaño o en aquella casa de monjas en el Conzati…
Traspatio:
El sábado pasado me encontré con un cuento mío publicado en una revista en linea. Sí recuerdo haberlo enviado pero nunca me avisaron si lo iban a publicar o no. Me hubiese gustado editarlo más antes de que viera la luz. A veces no se ven los errores y uno quiere pulirlos.
Bueno, no importa, ahí les va el link de Chica Mala:
http://www.palabrasmalditas.net/portada/literatura/cuento/1007-chica-mala.html
Y hablando de chicas malas, el nuevo video de M.I.A. por si aún no lo han visto, arab swag:












Señor don Antonio, ¿es verídica esa experiencia con el balagardo aquél? Ojalá pronto consiga dpto… y lo saque pa’ empedar con los compañeros.
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